Catalina P. - 1ra Parte

Catalina consiguió cambiar su forma de sentir, pensar y vivir,

pasando de ser una víctima a ser el mayor amor de su vida.

Arcelia.

Estoy segura de que mi nombre biológico es Arcelia, por cómo se llamaba mi madre biológica: Rosa Arcelia Medina López. Hay muchas evidencias que lo indican, y por esta razón me tatué este nombre a mis 50 años sobre mi mano. Hoy en día me siento muy orgullosa de ser parte de esta, como yo lo llamo, mi propia telenovela.

Mi familia Suiza me adoptó en el año 1970, en Bogotá, a mis dos semanas de edad. En esos años todavía no era usual adoptar a un niño, lo cual provocó, según cuentan mis padres, muchas discusiones dentro y fuera de la familia.

Yo, al igual que muchísimos otros adoptados, fui el secreto de mi familia biológica. El secreto de mi existencia se lo guardó mi madre de por vida. Estoy segura que esta fue la razón principal por la cual ella muere a sus 52 años de edad, de cáncer, sin poder ni siquiera pagar su propio funeral.

Mis papás (adoptivos) fueron a trabajar a Colombia y ya iban con la idea de adoptar a un niño. Encontraron muy pronto a una niña que podía ser adoptada, pero esa casa hogar estaba bajo el mando de la iglesia católica. Al ellos por fin obtener una cita con el arzobispo encargado, éste les negó la adopción por no ser religiosos y los sacó descortésmente de su despacho.

Mi aparición en la vida de mis papás fue la consecuencia de un artículo escrito por una periodista muy reconocida en esos tiempos, en el periódico El Espectador, de Bogotá. Ella, al enterarse por casualidad sobre esta descarada negación – me imagino que indignada por la reacción de la iglesia – escribió un artículo, algo como «Suizos con buenas intenciones no logran adopción». A consecuencia de ese artículo, algunas personas llamaron al periódico ofreciendo bebés para dar en adopción (si, soy consciente de que suena desagradable, pero fue así), y yo fui la primera que ofrecieron.

Me llevaron en brazos, dos mujeres, al departamento de mis papás. Una de ellas era la dueña de la casa en donde trabajaba mi madre, como empleada doméstica, y la otra era la hermana de esa mujer. Los datos personales de ellas dos son desconocidos. Hoy, sé que los pocos datos que obtuvimos de esas mujeres fueron verdaderos, pero también pudo haber sido todo mentira.

Las dos mujeres explicaron, en ese momento, que mi madre ya tenía dos hijas y que no podía hacerse cargo de otra niña. Días después, mi madre biológica les cuenta que yo era un secreto y que tenía que desaparecer. A las dos semanas de ese primer encuentro, yo ya me encontraba en casa de mis papás.

Mis padres me pusieron el nombre de Catalina porque en aquel momento el nombre de Arcelia les parecía algo curioso e inusual. Hoy, sé que no se le debería cambiar el nombre a un niño adoptado. Pero esto tuvo un aspecto positivo, el cual cuento más adelante.

En los pocos papeles que obtuve de mi adopción, solo estaba el nombre de mi madre, sin más información sobre ella. Con esta poca información, junto con lo dicho de esas dos mujeres, para mi siempre fue muy claro, que me iba a ser imposible obtener alguna otra información más detallada. Además, el apellido Medina no me ayudó mucho (es un apellido bastante común en Colombia). Entonces, yo desde muy chiquita me resigné, y en mi subconsciente se grabó la creencia: “Jamás sabré de dónde vengo”.

Hoy, entiendo que mi madre me amaba mucho y que quería quedarse conmigo, pero no pudo por las circunstancias de su vida. Entiendo que fueron las personas a su alrededor las que opinaron y decidieron, en su nombre, lo que ella tenía que hacer. Fue forzada a entregarme en adopción y sé que esto le rompió el corazón. Ya ella tenía dos hijas de dos hombres diferentes, que para aquellas épocas, y su familia, era un absoluto escándalo. ¿Qué habría pasado si se descubría que tuvo una tercera hija?

Yo siempre supe que era adoptada. No recuerdo cuando mis padres me lo contaron, pero esto se habló muy claro dentro de la familia. Mi hermano (no adoptado) y mis familiares Suizos me aceptaron súper bien. Nunca me sentí rechazada por ellos. Y el hecho de que vivimos mis primeros siete años fuera de Suiza, me ayudó a integrarme despacio a la familia, ya que mis parientes suizos solo podían verme si iban a visitarnos a Colombia o cuando nosotros íbamos de vacaciones a Suiza.

Gracias al trabajo de mi papá, en Colombia, tuve la dicha de vivir mis primeros siete años, los años más formativos para un niño, en mi tierra natal. Hoy entiendo lo valioso que fueron esos siete años para mi niña interior.

Desde muy chiquita yo sentía que algo no estaba bien conmigo. Hoy lo puedo explicar y expresar con palabras: me sentía muy sola, totalmente incomprendida y no encajaba en ningún lado. Esto lo sentí de una manera muy fuerte hasta mis casi 50 años.

De niña tuve muchos ataques de rabia que eran muy intensos. Yo mordía, lloraba, gritaba y pateaba como una loca, pero nadie supo explicarse el por qué. Recuerdo muy bien la sensación que yo tenía, pero yo no era capaz de controlarlo ni mucho menos de explicarlo. Hoy, sí puedo entenderlo: era la expresión de mi profundo trauma de abandono.

A pesar de tener una conexión muy profunda con mi papá desde muy chiquita, al mismo tiempo sentía la GRAN diferencia entre él y yo. Éramos totalmente opuestos, el uno del otro.

Yo no tuve que explicarme hacia las demás personas ya que mis padres, a pesar de ser Suizos, tienen el pelo oscuro igual a mi. Incluso hay personas que hasta hoy en día hablan de lo mucho que yo me parezco a mi papá. Para mi sigue siendo algo muy chistoso (y perturbador al mismo tiempo).

Yo siempre creí que mi forma de ser no era correcta. Yo era la inquieta, la energética y la ruidosa de toda la familia. Y las constantes críticas, sobre todo por parte de mi papá, perjudicaban muchísimo mi autoestima, que de por sí ya era muy baja.

Solía sentir un gran peso sobre mi pecho y garganta, que se hacía cada vez más y más fuerte, sobre todo si las personas me enfrentaban, como lo hacía a menudo mi papá. Así este círculo vicioso siguió dando vueltas y vueltas durante casi toda mi vida.

Lo que sí sabía hacer bien, era ser una muy buena amiga. Traté de agradar y de tener muchos amigos y complacerlos a todos. Recuerdo que en el colegio ayudaba a otras amigas a que dejaran de comerse las uñas, les compraba regalos en Suiza, y les prestaba mis cosas que a veces no me las regresaban.

A mis siete años mis padres deciden regresar a Suiza, y a pesar de que yo ya conocía Suiza, y sabía expresarme en alemán (que hablábamos en casa), parece que este impacto fue tan fuerte en mí, que dejé de hablar por varias semanas (o meses). Luego, al retomar el habla, solo seguí hablando alemán y guardé el español en mi corazón bajo llave.

Luego, a mis 10 años de edad, en 1980, mi papá decide ir a trabajar a Nicaragua, un país con el cual nadie de nosotros tenía alguna conexión. Así fue que llegué a vivir 8 años en Nicaragua, en donde fui a un colegio privado, el cual para mi fue lo más espantoso que viví. Por todas las circunstancias que habían en ese país, no había mucho disfrute para mi. En el colegio nos la pasábamos tomando nota a mano durante cada clase, ya que no teníamos libros escolares. Para mi no existía ninguna válvula de escape, en donde yo pudiera desahogar toda esa energía acumulada dentro de mi. Hasta hoy me sorprende que no me pasó nada grave en esos años, los cuales sobreviví como un zombie.

Luego de terminar la secundaria, a mis 18 años, regresé a Suiza para estudiar. Viví durante dos años en la casa de mi abuela materna, que aunque era familia, recuerdo que siempre estuve muy triste. El choque cultural fue muy fuerte para mi.

A mis 19 años conocí a otra persona adoptada, y al escuchar su historia de vida, me fui de espaldas. Fueron tan impactantes sus vivencias contadas porque yo jamás imaginé que otro adoptado podía sufrir tanto y me paralicé. En ese momento comprendí que no estaba sola, que había muchísimos más adoptados en el mundo, y que otros sufrieron mucho más que yo. Pero aún así, no me atreví a preguntar más o investigar más.

En mis estudios de gastronomía, tuve la dicha de encontrarme a un maestro de enseñanza espectacular. El Señor Fuchs me apoyó mucho. Gracias a él tuve la suerte de obtener buenas notas y el reconocimiento que tanto me faltaba.

A mis 30 años tuve la oportunidad de salir de la gastronomía y empezar a trabajar en un call center y luego en una oficina, lo cual me abrió los ojos y empecé a vivir mi vida al máximo. Empecé a bailar salsa intensamente todas las noches. Empecé a tener amigas y tuve la oportunidad de realizar hobbies.

A mis 38 años, en 2008, conocí a mi esposo y mi vida se llenó de nuevo de vida y esperanzas, justo cuando había decidido quedarme sola. Y curiosamente encontré a mi alma gemela. En él encontré a alguien que SI me quería como yo era, sin juzgarme, y que me quiso desde el primer momento en que me vio. Y curiosamente descubrimos tantas similitudes entre nosotros dos que hasta asustan. Sé que esto no puede ser casualidad.

En el año 2013, a mis 43 años, viví uno de los impactos más profundos y dolorosos: murió mi papá adoptivo con 73 años. Su muerte me traumatizó muchísimo y me costó algunos años sobrellevar este duelo, que era una mezcla entre dolor y odio. La gran rabia que sentí toda mi vida, se agudizó. No fue una muerte repentina y se despidió de mi por teléfono. No lo pude volver a ver en vida. Fue una experiencia surreal e injusta.

Así aprendí que, a veces, tiene que pasar algo grave para que uno ‘se despierte’. Y así fue para mi. Unos meses después de la muerte de mi papá, decidí empezar la búsqueda de mi familia biológica.

Foto testimonio Claudia B

Catalina sufrió, durante 48 años, el trauma del abandono, sin saber siquiera que lo tenía. A esa edad, decidió buscar ayuda y encontró el verdadero sentido de la vida. Consiguió cambiar su forma de sentir, pensar y vivir, pasando de ser una víctima a ser el mayor amor de su vida. Hoy es capaz de apoyar a otros adoptados dispuestos a reconciliarse consigo mismos, como hizo ella.

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