Claudia B.

Una búsqueda personal que revela secretos de adopción

y la importancia de abrazar nuestras raíces.

Historia de una adopción y un encuentro.

Esta historia empieza el día que nací, hace 45 años, en la ciudad de Comodoro Rivadavia, Chubut. El día en que mi madre biológica, bajo el mandato imponente de mi abuela biológica decide entregarme en adopción, o como se decía en esa época ‘regalarme’.

Hoy pienso que Dios quiso que mi madre adoptiva estuviera en el lugar justo en el momento indicado, e intervino para que ella me eligiera como hija. Su primera reacción fue preguntar a la partera que hizo la entrega: “¿Y su mamá y su abuela, no la querrán conocer antes de que yo me la lleve?”. La partera respondió: “No, ellas ya se fueron y dijeron que bastante gasto generó esta criatura como para querer conocerla”. Mi mamá, sorprendida y confundida, me llevó a su casa, en donde estaban mi papá y mis hermanos que en ese momento tenían 12 y 6 años.

Mis padres prometieron guardar el secreto de mi adopción de por vida. En esa época se creía que era lo mejor para proteger al niño que llegaba.

Mis hermanos fueron y son muy buenos. Nuestra vida de hermanos fue como toda vida de hermanos, con peleas, con complicidades, con celos, amiguismos, juegos, paciencia (de ellos conmigo y ahí la explicación de por qué soy tan caprichosa ) y enseñanzas.

Mi vida transcurrió como la de cualquiera: jardín, escuela, paseos, secundaria. Mi perfil pintaba para rebelde. A medida que transcurría mi adolescencia, en mi vida aparecían más conflictos. La secundaria fue terrible. No tenía buena relación con mis compañeros. No me interesaba por los estudios. Mi hermano no pudo más con mi comportamiento porque él veía que hacia sufrir demasiado a mi mamá. Esto fue suficiente para que él me contara la verdad de mi adopción de la peor manera, pero con justa razón. Yo ya tenía 18 años y él rozaba los 30.

Foto testimonio Claudia B

Claudia B. tiene 58 años. Tiene 5 hijos que son sus pilares y 6 nietos. Guille es su de vida compañero hace 39 años.
Se define: ‘ama de casa intensa que celebra la vida cada vez que amanece’.

Con este suceso entré en una nueva etapa de mi vida. El momento en que mi hermano me contó la verdad fue traumático. Ese día sentí lo que era estar solo de verdad. Desconocí a todas las personas que habían sido mi familia hasta ese momento. ¡Todos me habían mentido! Sentí todas las diferencias: el colores de ojos, el color de pelo, la estatura, la inteligencia superior, la prolijidad, la pulcritud. Me sentí tan diferente a ellos que me cuesta explicarlo. Nada de lo que yo consideraba haber tenido hasta ese día me pertenecía. Ni mi mamá (mi papá ya había fallecido cuando yo tenía 5 años).

Ese día, horrible, triste, inmerecido, me prometí buscar lo que sí me correspondía: mi identidad.

El tiempo pasó, y es verdad que cura las heridas. Mi mamá volvió a su lugar en mi cabeza y en mi corazón, igual que mis hermanos.

Años más tarde, con mi marido, tuvimos cinco hijos. Con cada nacimiento recordaba mi propia historia y me preguntaba: ‘¿Cómo pudo? ¿Por qué me regaló? Un bebé, nada más indefenso en este mundo.

Esto alentaba a mis ganas de empezar la búsqueda, pero no sabía como hacer. A veces sonaba el teléfono en mi casa o alguien llamaba a la puerta y mis hijos me decían: “Mamá, te buscan”, y yo pensaba: ‘Bueno, me encontró al fin’. Siempre era un tema presente.

Veintiséis años después del día que me enteré de mi sustitución de la identidad, un día mi mamá adoptiva me dio un dato clave, a pesar de ser muy reticente al tema. Me dijo: “Si algún día buscás a tu mamá biológica tenés que saber que no naciste el 15 de marzo como siempre creíste sino el 5 de marzo. Este dato te va a ser útil”.

Mientras escribo estas palabras pienso que tal vez esto parece sencillo. Pero quiero que sepan que los problemas psicológicos existen. La caída de la estima, la desvalorización, la sensación de abandono, la soledad. Hasta experimenté ataques de pánico a lo largo de mis 45 años. Y mi familia adoptiva no es la culpable de todo esto. Ellos me dieron contención, y el cariño que yo necesitaba para ser una persona feliz. Y lo soy. Pero, durante muchos años de mi vida, siempre había algo como atrás, que me hacía ruido.

Retomando con la búsqueda, con el boom de internet, apareció la herramienta justa para empezar algo que hacía tantos años me había prometido. Y quiero contar también, que mi familia, mis hijos, mi marido, todos me apoyaron siempre, además de enseñarme a usar la herramienta.

Fue así que, un simple correo electrónico enviado a todos mis contactos y luego re-enviado a sus contactos, llegó a un periódico de Comodoro Rivadavia. Una de sus columnistas lo publicó.

Yo nunca tuve ningún dato de mi familia biológica. Solamente sabía el lugar y fecha de mi nacimiento. De hecho, creía que ellos eran de otro lugar de la Argentina. Nunca me imaginé que seguirían en mi ciudad natal (mi residencia actual es en Neuquén).

Y así fue como, a través de un contacto, que conocía la historia de mi mamá biológica, pude hablar finalmente con ella.

Con un millón de dudas y de miedos, mi madre biológica lo hizo. Habló primero con mi marido porque mi emoción no me permitía hablar con ella. Le dió a mi marido todos sus datos: edad, dirección, teléfono, el nombre de su marido, de mis hermanos biológicos, todo. Hoy lo escribo y hasta me cuesta creerlo.

Durante esos días, en mi casa no se hablaba de otra cosa. Mis hermanos de la vida que siempre me aconsejan, estaban a mi lado conteniendome. Mi hermano mayor, el que me dijo la verdad, me llamaba y me animaba al encuentro. Mi marido y mis hijos se preocuparon porque este proceso no fuera doloroso ni para mi. Mi mamá adoptiva me decía que no llore cuando yo le contaba que había encontrado a la persona que busqué toda la vida. Ella me acariciaba como lo hace una mamá, mi mamá, y de esa manera me daba su aprobación.

Así que con el número de teléfono de mi madre biológica en mis manos, la llamé. Me atendió ella. Me tembló todo el cuerpo. Le expliqué que yo había nacido en el año 1965 y que buscaba a mi mamá biológica. Le dije que el dato que yo tenía era que ella podía saber algo sobre este tema. Escuché un ‘NO’ rotundo del otro lado del teléfono. “Yo no sé nada”, me dijo. Yo le dije que si no podía hablar en ese momento que no había problema, que me dijera cuándo podría hablar. Yo sabía que era ella. Hay como un sexto sentido que no te permite equivocarte en situaciones como esta. Entonces, me preguntó: “¿Dónde estás ahora?”, y ahí lo terminé de confirmar. Le respondí que vivo en Neuquén y me pidió que la llame el jueves.

Mi cabeza era un revoltijo de dudas y miedos. No sabía si había hecho bien o si nunca tendría que haberla buscado. La quise y la odié, todo a la vez. No sé qué le habrá pasado a ella pero sé que estuvo muy mal porque al otro día me llamó su marido para confirmar fechas y evacuar dudas. Muy frío él y como queriendo que yo no fuera esa persona que ella abandonó hacía 45 años. Pienso que tendrá sus razones, y sabrá bien cuál fue su participación en esta historia ya que él se casó con ella un tiempo después de mi nacimiento y sabía de mi existencia.

Igual no era él quien me preocupaba. Lo único que logró con esa llamada fue confirmar mi identidad. Yo era hija de María. Por fin, encontraba a esa persona de quien lo que yo deseaba eran explicaciones. Deseaba ver mi parecido con esa familia, mi lunar en la cara de otros, mis genes de obesidad, mi pelo ondeado y oscuro, mi retórica al hablar. Parece mentira, pero eso también se hereda.

María les tuvo que contar la verdad a sus otros hijos, quienes la aceptaron y la entendieron.

Tuve una crisis de identidad. Cuando uno no sabe de dónde viene, se vive comparando. Me acuerdo, hace algunos años, de una señora en Bariloche que me confundió con otra persona. Esa noche no dormí, pensando que esa otra persona podía ser mi hermana o alguna prima quien estuviera por ahí. Me dieron ganas de salir a buscarla.

El día de mi cumpleaños número 45, viajé a Comodoro y conocí a mi madre biológica.

Ella es hermosa y estaba nerviosa como yo. No sabía como arrancar el tema. El encuentro fue con sus hijos presente y yo estaba con mi marido y mis nenas. Ya habíamos hablado antes varias veces por teléfono.

Yo quería el frente a frente y se dio. No hicieron falta muchas explicaciones. Ella me regaló porque su madre la obligó. María apenas tenía 17 años cuando quedó embarazada y no supo qué hacer. Nadie sabía nada. Su mamá la llevó al hospital y le dijo: “Olvidáte de este bebe. Olvidáte que tuviste un hijo”. Ella es sumisa. Ahora, con 62 años, se la ve tranquila pero de poco caracter. Llorando con mucha congoja me explicaba lo terrible que fue ese día para ella. Así lo sentí yo. No le quedó otra que hacer lo que su mamá le indicaba. Estaba sola. Me dijo: “Nunca te hubiera regalado. Te hubiese criado como a mis otros hijos. No supe qué hacer”. Yo no necesité nada más. De repente entendí todo por lo que había pasado ella, lo que había sufrido. Eso era todo lo que había querido saber estos años: el por qué. Y la perdoné. La entendí.

Hoy, la respeto. Me contó que rezaba por mi, para que yo estuviera bien. No sabía cómo buscarme. No sabía nada de mi. Yo le dije que si sus hijos la perdonaban debía ser porque fue una buena madre, y con eso compensaba todo lo que había pasado.

Alguien me preguntó si esto fue bueno, si me sirvió, y yo creo que sí. Es necesario para la conocer nuestra identidad, saber de dónde venimos, conocer a las personas que hablan nuestro mismo idioma, que ríen igual, que hablan con nuestros mismos gestos.

Creo que todos merecemos una oportunidad. Ella también. Ahora, puede dormir tranquila. Ese bebé que tuvo que dejar, hoy es una mujer bien cuidada, y bien criada.

En cuanto a mis hermanos biológicos, dos de ellos no me aceptan. Pienso que ese es su problema y no el mío. Yo estoy contenta con la amistad fiel de una hermana, que va camino a ser mi mejor amiga. Este es uno de los regalos que me merecía. El enigma de mi vida ya lo resolví.

Yo tengo una familia que me quiere y me acepta como soy. Me cuidan, me aconseja. Una familia que, además, estuvo al lado mío en todo este recorrido. Mis hermanos (adoptivos) son las mejores personas que conozco sin ninguna duda. Mi vieja es superior a cualquiera y mi marido es mi otra mitad.

A quienes me preguntan ¿qué sentís, cómo te fue, qué pasó? Les dedico este relato. Y además, les digo: Fue increíble, y necesario. Ya van sanando las heridas.

Hoy, con María nos llamamos de vez en cuando y hablamos sobre cómo nos sentimos; me pregunta por mis hijos. Eso me reconforta. Es una buena mujer. Con otros primos chateamos mucho y nos estamos empezando a querer. Nos parecemos mucho. Somos confianzudos, charlatanes, entradores.

Bueno, si leíste mi relato: gracias. Si me equivoqué… es mi característica principal, me equivoco mucho. Espero que esto sirva a alguien. Si querés preguntarme algo estoy a tu disposición. Esta es una historia de vida más, que espero aliente a muchas personas a buscar su identidad.

Soy Claudia Borelli. Gracias vieji por llamarme así.

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