Fabiana
Mi nombre es Fabiana. Hoy tengo 56 años. Soy adoptada y quiero compartir un párrafo de mi historia, en este espacio que llegó a mí por casualidad y me abrió una puerta maravillosa.
A finales del invierno de 2014, estaba sola en casa con el televisor encendido (una excepción en mi rutina), y una palabra saltó del aparato: adopción.
Dejé lo que estaba haciendo y me acerqué a la pantalla.
Siempre supe que era adoptada, pero la vorágine de la vida —los chicos pequeños, los padres mayores, el trabajo— no me habían dejado tiempo para perderme en un misterio que no sabía si podía resolver.
En la tele hablaban del Registro Civil, de un departamento destinado a reconstruir la historia de quienes buscaban sus orígenes. Sonaba increíble, casi mágico. Me senté a escuchar. Nombraban a una señora, Mercedes, quien había impulsado esa oficina. Explicaban que, tras la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, la nueva Constitución local había establecido un artículo fundamental: todo niño nacido en CABA tiene derecho a conocer su identidad.
Esa palabra, identidad, siempre me había provocado un malestar. Sentía que no me pertenecía. Sabía que era adoptada, pero las preguntas de siempre volvieron a resonar: ¿Quién me habrá parido? ¿Por qué me habían dejado? ¿Era mi cumpleaños la fecha real de mi nacimiento? ¿Había nacido a la hora que decía mi partida de nacimiento?
Ya había perdido la ilusión de hallar respuestas, pero ese programa estaba abriendo una puerta que no imaginaba que existía. Los panelistas comentaban, pero en mi mente solo resonaban tres palabras: adopción, identidad y verdad. ¿Tendré la oportunidad de saber la verdad de la mano de un programa de TV que jamás solía ver?
Escuchaba los testimonios de los participantes y una palabra resonó por encima de todas: Mercedes. Ella era la encargada de encontrar lo escondido, lo oculto, lo secreto; aquello que estaba enterrado bajo la mentira y lo prohibido. Alguien mencionó un correo electrónico y una dirección: calle Uruguay, quinto piso del Registro Civil, tome nota sobre un trozo de papel.
No perdí tiempo. Abrí la notebook y, en cuestión de minutos, redacté un mail pidiendo información. Mientras escribía, me sentía dividida: una parte de mi pensaba que estaba soñando o haciendo una tontería, pero seguía tecleando. La necesidad era más fuerte.
“Soy Fabiana. Durante años sembré raíces como maestra jardinera y hoy ayudo a otros a encontrar su hogar. En mi propia vida, el hogar se completó cuando abracé la verdad y lograr conocer mi historia .”
Esa misma tarde, Mercedes respondió el mail: “Fabiana, te espero en mi oficina mañana, de 9 a 12 hs. Quinto piso del Registro Civil. Traé tu DNI y tu partida de nacimiento”.
Sin titubear y sin decir una sola palabra a nadie, me puse en marcha. Fue tan simple como tomarme el tren a Retiro. Sin embargo, en mi cabeza retumbaba la posibilidad de la verdad: “¿Habré nacido realmente ese día? ¿Quién será mi madre? ¿Sería una niña o una adulta? ¿Del interior, extranjera o porteña?”. Tantas preguntas sin respuesta: “¿Cómo se llamará?”.
Al llegar al Registro Civil, subí al quinto piso. Golpeé la puerta que exhibía un cartel: Derechos Humanos.
Mercedes me invitó a sentarme y me solicitó el documento y mi partida, ella los examinó con ojo clínico y dijo: “Este formato de partida corresponde a una adopción legal, lo que nos va a ayudar a saber más rápido quién te parió”.
“Voy a ir al archivo”, continuó Mercedes. “Con este número de acta y folio, en cuanto lo encuentre, te llamo”. “¿Puedo ir yo al archivo? Así no la molesto”, le dije empujada por la ansiedad.
Mercedes sonrió con una mezcla de lástima y autoridad.
“No, Fabiana. La única autorizada a ingresar a ese archivo soy yo. En cuanto me organice, voy y te llamo”.
Volví en el tren con la cabeza llena de preguntas que seguían sin respuesta. Se habían despertado todos los monstruos que alguna vez asomaron y que yo me había esforzado en guardar, uno a uno, en una caja olvidada. Porque con esos monstruos no se podía jugar; no se podían preguntar, no se podía ver la verdad.
Al día siguiente, estaba en el aula, sumergida en la rutina del trabajo, cuando el celular rompió el silencio. Era Mercedes. Su voz sonó técnica, casi despojada de peso, para la bomba que estaba a punto de soltar: “Hola, Fabiana. Ya sé quién te parió. Tu madre biológica se llama Hilda. Vive en General Rodríguez. Veníte a la oficina y charlamos”.
Esa tarde, hablé con mis amigas y les conté sobre el programa, el mail, el viaje solitario en tren hasta la calle Uruguay. Mientras me escuchaban, ellas empezaron a inquietarse, sus voces subiendo de tono por la mezcla de miedo y asombro: “¿Vos sos loca? ¿Cómo te fuiste sola a averiguar eso? Estás de la cabeza. ¿Por qué no nos avisaste?”. “Era solo una averiguación, no merecía tanto alboroto”, me justifique, tratando de minimizar el sismo interno. “¡¿Averiguación?!, es tu vida. Es tu verdad. ¿Cuándo tenés que volver?” . “Mañana”, contesté. “¿Mañana? ¿Estás segura?”. “Creo que sí. Voy en el tren, es más fácil”.
“De ninguna manera”, sentenciaron. “Vamos todas”.
Esas amigas. Las que habían estado en mi infancia y que todavía, en un lujo vivencial seguían a mi lado. Es un privilegio de pocos, una herencia invisible, sin parientes de sangre a la vista, había aprendido que la familia se elige y se construye con la lealtad de la amistad.
Al día siguiente, la ‘peregrinación hacia la verdad’ se puso en marcha. Ya estaban las cuatro listas para subir al quinto piso del Registro Civil.
Saludé a Mercedes con familiaridad, como si nos conociéramos de siempre; era la confianza de la VERDAD. Mercedes nos invitó a sentarnos. Se asombró al ver a la comitiva: “Qué lindo que acompañen tus amigas en este paso de lo oscuro a lo luminoso” dijo, y se dejó llevar por las metáforas. “La mentira es un monstruo gigante que duerme en una laguna estancada. Al principio el agua parece clara, pero con los años se pudre; y en ese barro, el monstruo crece más sucio y aterrador. Cuando despierta, sacude mugre para todos lados y salpica sin piedad. Pero una vez pasado el sacudón, todo sale a la luz. La mugre y el barro quedan ahí, sí, pero finalmente podemos verlos y llamar a cada cosa por su nombre”.
Mercedes abrió la carpeta y me entregó la partida de nacimiento, la primera. Pude leer mi nombre real, María Alejandra y un apellido de origen italiano, y sentí un hormigueo eléctrico que me subió por la nuca hasta las sienes. Era extraño: esas palabras me pertenecían, pero nunca las había escuchado.
“Tu madre biológica, Hilda Elvira y el mismo apellido italiano. Te puso su apellido porque dejó firmado que eras extramatrimonial”.
Mientras Mercedes hablaba, el aire en la oficina se volvió denso, difícil de tragar. Me fijé en la tinta del expediente: los bordes de las letras estaban un poco corridos por el paso del tiempo, como si la verdad misma se hubiera ido desgastando en el archivo.
Mis amigas lloraban sin parar; el sonido de su llanto me golpeaba los oídos como un ruido molesto.
“Bueno, paren de llorar, que no se murió nadie”, solté de pronto.
Mercedes empezó a leer el expediente de adopción. Sentí una punzada de náusea y un deseo violento de arrebatarle esos papeles, de salir corriendo de ese edificio y encerrarme en mi casa para leerlo todo en la soledad absoluta, donde nadie pudiera verme así desarmada.
Me dijo que podía ir para atrás en la historia de mi madre biológica conociendo los datos de mis abuelos biológicos y también hacia adelante para conocer los datos de los hijos, ya que figuraban en su certificado médico, donde decía que Hilda había tenido dos hijos antes de que yo naciera.
Cuando me preguntó si quería saber sobre mis hermanos biológicos, el silencio que siguió fue absoluto. La miré y le dije un NO rotundo como el cierre de la conversación y añadí: “Con esta información me alcanza y me sobra, muchas gracias por todo”.
Pasaron varios años y en el verano del 2026, escuchando podcasts aparece La Voz del hijo, así como la vida te pone enfrente un regalo, apareció esta cuenta dónde Flor, tan profesional e impecable, entrevista a personas que atravesaron caminos muy parecidos a los míos, de encuentros y desencuentros, de abandonos y de búsquedas, de secretos y mentiras, de miedos no dichos ni expresados, de verdades ocultas. En fin, todo lo que pasa por una persona adoptada, que ningún otro ser puede vivir. Acá la empatía se hizo carne y me devoré casi todos los podcasts, me resonaron todos, pero el de Luli Carbonel, me abrió una curiosidad dormida y la contacté. Y así comenzó otro camino, lleno de luces encendidas que despertaron mi curiosidad dormida y quieta hasta entonces, y fue allí en este nuevo recorrido donde encontré a mis hermanos biológicos.
Continuará…
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