Fabiana - Parte 2
En el año 2025, gracias al fruto de mi trabajo, la empresa me premió con un viaje maravilloso al paraíso. Ahí, relajada en esas aguas caribeñas y sin el apuro de la ciudad, descubrí un espacio donde el alma tiene permiso para conversar con uno mismo y también con esas compañeras de la oficina que siempre andan apuradas como uno.
Allí estábamos con Samy, reflexionando sobre nuestras vidas, cuando obviamente volvió a salir el tema de la adopción. Ella, muy segura, me preguntó: “¿Por qué no buscas a tus hermanos?”.
Yo le respondí lo de siempre, que no me interesaba, que ese era un tema cerrado.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. En el verano de 2026 llegaron a mis oídos los episodios de La voz del hijo, un podcast increíble. Las historias me resonaban profundamente, tan bien guiadas de la mano de Flor Lalor. Así fue como me contacté con Luli. Su testimonio me había conmovido tanto que terminamos hablando un rato largo por teléfono. Ella me animó a buscar. Y así, con ese empujón de valentía, volví a mirar mis papeles, aquellos que me había entregado Mercedes en el Registro Civil hacía doce años.
Luli me contó que Mercedes ya no trabajaba en esa oficina y que actualmente estaba Cecilia. Me sugirió que le enviara un correo. Me senté con mis documentos, armé los archivos PDF y se los pasé. La dirección de mail era la misma que le había escrito a Mercedes tiempo atrás: derhum_dgrc@buenosaires.gob.ar. ¡El mail de la verdad!
A los quince días, aproximadamente, recibí un llamado telefónico. Era Cecilia. Muy amable y empática, se convirtió en una verdadera hada madrina de la identidad. Me preguntó si había recibido el correo con la información solicitada y, mientras conversaba con ella, corrí a la computadora. Abrí los adjuntos y allí estaban: los nombres de mis hermanos biológicos. Un hermano varón cuatro años mayor que yo y una hermana mujer un año mayor. Yo era la tercera, la menor.
En ese instante se abrió una puerta hacia la verdadera historia sobre mi madre biológica, Hilda.
“Soy Fabiana. Durante años sembré raíces como maestra jardinera y hoy ayudo a otros a encontrar su hogar. En mi propia vida, el hogar se completó cuando abracé la verdad y lograr conocer mi historia .”
Años atrás, yo había ido a verla para conocerla, pero no tuve la oportunidad de conversar con ella. No me recibió. Abrió su puerta y la cerró inmediatamente. Así que retorné a casa sin ninguna respuesta de todas las preguntas que tenía atragantadas.
Decidí no volver y aceptar su rechazo, que seguramente tenía sus fundamentos y para ella deberían ser sagrados, y eso se respeta no se juzga.
Yo solía pispear el padrón electoral cada vez que había elecciones y así tener referencia de su existencia, hasta que un día en la búsqueda de la escuela asignada para el sufragio apareció la leyenda PERSONA FALLECIDA. La puerta se había cerrado definitivamente.
Ahora que Hilda ya no estaba más, no había puertas cerradas para escribir otro capítulo. Por lo tanto, estos hermanos eran los portadores de la información que nunca había tenido: ¿quién era ella?, ¿qué había pasado? En fin, mi motor era la curiosidad, pero ¿ahora cómo me presentaba ante ellos?
Mi psicóloga Patricia, súper capacitada en temas familiares, con formación sistémica y conocedora de mi historia, fue la pieza clave que me ayudó a ir armando el rompecabezas y a planificar cómo presentarme. No era fácil; yo ni siquiera sabía si ellos estaban al tanto de mi existencia.
Después de estudiar varias maneras de acercarme a Marcela —a quien encontré porque tenía su Instagram abierto ¡y canta divino!— me di cuenta de que necesitaba su teléfono. Ahí empezó la odisea. Estudié a fondo su Instagram para intentar llegar a alguien cercano a ella y a mí que pudiera servir de puente. Así apareció Nora. Tampoco tenía su teléfono, hasta que una amiga lo consiguió. Fue un tremendo juego de detectives, pero el que busca, encuentra. No había dudas y sobraba Fe.
Hablé con Nora, quien me atendió de forma muy amable. Me confió que ellos no sabían nada de una tercera hermana. Al tener la certeza de que desconocían mi existencia, supe que me obligaba a prepararme correctamente para dar el paso. Después de mucho pensar, decidí que la presentación sería por correo electrónico; me pareció la manera más respetuosa y certera, ya que ella podría leerlo a solas y reflexionarlo a su propio ritmo.
Un viernes a la noche me senté a escribir desde el presente: quién era yo, a qué me dedicaba y cómo había llegado a ella. Le escribí que siempre supe que era adoptada, que había obtenido toda la información del Registro Civil y que mi madre biológica era Hilda, su madre.
Al día siguiente, Marcela me respondió. Estaba en shock, pero feliz, convencida de que la Virgen nos había unido.
Poco después nos reunimos. Almorzamos y conversamos de corrido hasta la cena. Había tanto por hablar. Cuando ella me ve, ve a su madre físicamente: dice que soy igual en los gestos, en la manera de hablar y de caminar. En fin, la memoria celular en su máxima expresión.
Nos contamos gran parte de nuestras historias y hoy la familia creció. Estamos formando una hermosa relación de hermanas que se han encontrado después de medio siglo.
A mi hermano biológico también lo conocí, y nos enviamos mensajes y audios, él es muy amable y empático, me recibió con mucha emoción.
Los encontré, después de atravesar tantos miedos, secretos, mentiras y ocultamientos, todo esto mientras transitaba el camino de armar mi verdadera historia, no la que contaron.
Porque conocer nuestra historia no es un privilegio es un derecho.
Fabiana Gutierrez
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